martes, 23 de mayo de 2017

Para los amantes de Perec que estén en París


DU 7 AU 11 JUIN :
LE PRINTEMPS DE LA TRADUCTION

Du 7 au 11 juin 2017, à Paris et Gif-sur-Yvette, Le Printemps de la traduction, soutenu par le Centre National du Livre, proposera aux lecteurs une rentrée littéraire des traducteurs dans 8 librairies partenaires avec 9 romans sélectionnés dans l’actualité éditoriale.

Cette 3e édition s’attachera à explorer la traduction des écritures à contraintes, et notamment de l’œuvre de Georges Perec, mais fera également la part belle à la traduction de poésie et de chanson à travers des conférences, lectures, débats et ateliers ouverts à tous.

Traduire, quelle contrainte! C’est pourtant avec un plaisir sans cesse renouvelé que les traducteurs s’y soumettent, s’y adonnent même. Et pour la troisième fois, des traducteurs vont aller à la rencontre de leurs lecteurs au cours de ce Printemps de la traduction, dans des librairies, dans des bibliothèques, dans les salons de la Société des Gens de Lettres ou à la Maison de la Poésie, bref, partout où la littérature est vivante. Cette manifestation se veut donc un espace de dialogue, mais nous avons également souhaité donner l’occasion à chacun de s’essayer à la pratique de la traduction, aussi les ateliers que nous organisons s’adressent-ils à tout le monde, traducteurs chevronnés ou simples curieux de la chose. Chacun pourra dès lors appréhender le véritable tour de force accompli par trois des traducteurs de Perec, lesquels, à l’occasion de la publication des deux tomes que lui consacre La Pléiade, viendront discuter autour d’une table ronde des casse-tête qu’ils ont dû résoudre pour le traduire. « Je cherche en même temps l’éternel et l’éphémère », écrivait Perec. C’est bien ce que, modestement, tout traducteur souhaite faire. Mais comment traduire cette phrase en respectant le monovocalisme ?

Enfin, pour ne pas déroger à nos habitudes festives, nous nous quitterons en musique, autour d’un verre de Morgon-Lapierre. Ah ! Traduire, quelle contrainte !

lunes, 22 de mayo de 2017

Una iniciativa realizada a pulmón en Barcelona, que merece ser apoyada

Por tercer año consecutivo, los libreros, Isabel Sucunza y Abel Cutillas, junto con el escritor y traductor Andrés Ehrenhaus organizan en la Librería Calders, de Barcelona, una semana dedicada al libro argentino.

En la oportunidad, los tres han decidido dedicar las actividades de este año a la producción y recepción de lo que consideran nueva literatura femenina argentina. 

Así, en la semana, que arranca justamente hoy, las editoras Valeria Bergalli y Silvia Sesé conversarán con Isabel Sucunza, Paula Porroni y Mariana Enríquez. El martes 23, en cambio, Darío Polonara, cupo masculino mediante, presentará su novela Una semana con la muerte. El miércoles 24, Marietta Gargatagli conversará con Andrés Ehrenhaus sobre Aparecida, de Marta Dillon. Luego, el jueves 25, Santiago Fillol conversará con Isa Campo y Lupe Pérez García sobre Romina Paula, María Eva Pérez y Mariana Enriquez. El viernes 26, Maga Etchebarne, Cecilia Fanti y Majo Moirón presentarán mutuamente sus libros recién publicados. Finalmente, el sábado 27 habrá un gran recital de poesía argentina reciente escrita por mujeres. La fiesta, claro, será coronada con una degustación de vino y empanadas.

La  cita, para quien no se haya enterado, es en la Librería Calders, Passatge Calders 9, Barcelona (el metro más cercano es el San Antoni).

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viernes, 19 de mayo de 2017

Feria Internacional del Libro de Buenos Aires: como el país, un negocio en franca decadencia

Como suele ocurrir cuando termina la Feria del Libro, Silvina Friera hizo su balance en el diario Página 12. Más precisamente, en la edición del martes 16 de mayo pasado. Ésa es una de las pocas precisiones que pueden hacerse luego de enterarse de la gran falta de precisiones por parte de los editores y libreros que tuvieron stand en la 43ava. edición de una feria, que comparada con las de Guadalajara o Bogotá, va claramente en declive. 

La realidad del libro en la era de la posverdad

“La era de la posverdad. Qué tremenda definición para los tiempos actuales.” La frase de Luisa Valenzuela –la dijo al inaugurar la 43° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires que terminó ayer– todavía resuena entre libreros, escritores, editores y periodistas. La feria no es una isla. Lo que ocurre en la economía, en la política y en la sociedad jamás le resulta ajeno ni mucho menos indiferente. Pretender presentarla como un espacio de supuesta “neutralidad” y aislamiento es un desatino o una forma de construir un relato que intenta instaurar una mentira como verdad. La lectora atribulada habló con 21 expositores y un informante más –cuyo nombre no se revelará– y el resultado que arrojó la pesquisa dista de ser alentador. Nueve expositores afirman haber vendido entre un 10 y un 20 por ciento de ejemplares menos que el año pasado –hay un caso en que el descenso alcanzó el 40 por ciento–; 5 expositores dicen que vendieron la misma cantidad que el año pasado y 7 confirman que aumentaron entre un 10 a un 20 por ciento. Este sondeo no hace más que ratificar lo que el propio presidente de la Fundación El Libro, Martín Gremmelspacher, planteó en su discurso de apertura: que la industria atraviesa uno de los momentos más delicados de la historia. La CAL (Cámara Argentina del Libro), que nuclea a las medianas y pequeñas editoriales, acompañó el reclamo con la campaña “S.O.S Libro Argentino”, en la que advertía que las ventas cayeron un 25 por ciento y también descendió la producción de libros un 25 por ciento.

No quiere que aparezca su nombre. El informante con que tropieza circunstancialmente la lectora atribulada cuenta que este año hubo un poco de desorganización y pone un ejemplo: la Noche de la Ciudad en la Feria. “Tendría que haber terminado a la una de la madrugada, tal como se había anunciado, pero a las 23.30, desde los parlantes, se empezó a avisar que cerraba la Rural. Y nunca hubo una explicación sobre por qué cerraron una hora y media antes”. Como si desplegara una agenda de reclamos, agrega que el año pasado hubo más días en que se podía ingresar con la Sube gratis. En esta edición solo fue el pasado lunes 8 de mayo. “Yo vi menos gente en la feria y menos visitas de escuelas.” De pronto achina los ojos y le pregunta a su interlocutora:
–¿Las grandes editoriales dicen que vendieron más?
–Sí.

La carcajada se extravía entre los murmullos de los visitantes. “Las grandes editoriales no quieren hacer lo que ellas llaman ‘marketing negativo’, entonces inflan los números”, subraya el informante como si fuera un experto en la cuestión. “El libro no es un artículo de primera necesidad. Si no lo compran hoy, lo comprarán dentro de tres meses, o cuando puedan. Si lo compran…”.

Alejandro Giordano, de El Aleph, señala que año a año vienen bajando las ventas. “Se notó mucho la caída en la semana, mientras que los fines de semana repuntaba un poco”. No puede arriesgar una cifra, pero revela que en la librería, el año pasado, se vendieron 460 mil libros menos en el rubro textos escolares, lo que representa un 34 por ciento de descenso. “El que diga que no se siente o no se ve la recesión, miente. La realidad es otra; pero es lo que hay, por ahora”, resume Giordano. Desde Aique, Fabio Viruega afirma que vendieron unos 3000 ejemplares menos, lo que representaría una caía del 20 por ciento. “Esta es una editorial educativa y los docentes en provincia todavía no cerraron el acuerdo paritario. Y para colmo les descontaron los días de paro. Pensamos que la caída iba a ser mayor respecto del año pasado.” En Mandrake Libros, Fernando Petz habla de una caída del 20 por ciento en pesos en comparación con la facturación del año pasado. No sabe cuánto cayó en cantidad de ejemplares, pero seguramente el porcentaje sea mayor. “Ofertas no faltan acá. Tenemos un 3x2, elegís tres libros y pagás dos. La mayoría de las ventas no superan los 200 pesos. En la librería tampoco está yendo bien la cosa”, reconoce Petz. En el stand colectivo Todo libro es político, integrado por Milena Caserola, Bajo la Luna, La Cebra, El cuenco de Plata y Tinta Limón, entre otros, Josefina Bianchi cuenta que en cantidad de ejemplares vendidos está por debajo del año pasado y en pesos un poco más arriba por la inflación. “No esperábamos mucho, vino menos gente que el año pasado. Las editoriales salvamos el stand, pero la realidad es que se está vendiendo mucho menos que el año pasado. El porcentaje que estamos calculando en librerías es de un 25 por ciento menos. La gente está mucho más selectiva a la hora de llevarse libros. Si antes se llevaba tres, ahora se lleva uno. Y a veces se lleva más por el precio que por el contenido.”

El consuelo del empate
“Nos fue bien, en el sentido de que igualamos las ventas del año pasado. Pero en la librería hay una baja del 30 por ciento”, comenta Gabriel Waldhuter de la distribuidora y librería Waldhuter. “Las promociones de algunos bancos permitieron mantener las ventas, como el 30 por ciento de descuento del banco Provincia con 6 cuotas sin interés. Me estuve fijando y un gran porcentaje de las ventas fue con tarjetas del Banco Provincia. También hay un público que no visita las librerías durante el año y el único material de lectura que compran es durante la feria. Estos factores hicieron igualar las ventas. Pero superarlas, no. La caída del consumo nos perjudica, ha bajado el consumo de la gente que podía consumir libros y que ahora tiene que pagar la luz, el gas, la comida… el ocio lo dejan para lo último. Yo pago en la librería 10.000 pesos por mes de luz. Todos están cuidando el bolsillo”, admite Waldhuter. Ediciones Manantial y Biblos compartieron el stand. “Había muy malas expectativas para este año, pero estamos igual que el año pasado en cantidad de ejemplares. Al final, hay un clima de resignación, como que zafamos. Es muy caro el costo del espacio en la Feria. De hecho, hay menos stands que el año pasado. Y probablemente haya menos el próximo año”, vaticina Mariano Vázquez.

En Librerías de las Luces, Pía Henseler confirma que las ventas fueron “más o menos igual”. “La situación económica hace que la gente consuma menos. Los libros no son una prioridad y eso se nota. La gente compra un libro a 40 pesos con tarjeta, incluso el programa Ahora 3 la gente lo usa para pagar 100 pesos. Los libros de 400 o 500 pesos no salen tanto como antes y la gente busca cada vez más ofertas.” María José Moore de Libraria, uno de los sellos que comparten el stand colectivo de Sólidos Platónicos junto a Ediciones Godot, Sigilo, Aquilina, Fiordo y Gourmet musical, entre otras, asegura que la venta en cantidad de ejemplares es igual a la del 2016. Federico Martedi, de Colihue, dice que les fue “más o menos igual” que el año pasado. “No fue ni muy mala ni muy buena, no hay cambios cualitativos respecto del punto de referencia que es la feria del año pasado”, reconoce Martedi y añade un análisis sobre el horizonte del libro argentino. “El panorama para la industria editorial es complicado porque han subido mucho los costos. Lo que se puede ver es que todavía hay una clase media, en el sentido sajón del término, que sigue teniendo un relativo poder adquisitivo que le permite consumir cultura. Pero no sé hasta cuándo sucederá eso porque encima tenemos un punto de inflexión, que son las elecciones de octubre. Dicen que ahí va a empezar el ajuste, como si no hubiera habido. Si ahora aumentaron los costos diez veces y bajaron las ventas un 20 por ciento y están los salarios congelados, imaginate lo que va a ser cuando haya ajuste. Vamos a estar peor que en Siria… Los indicadores de la feria todavía no dan para prever ese futuro tan trágico, pero no sé lo que va a pasar.”

Las realidades de las editoriales que declaran un incremento en las ventas son muy disímiles. Las dos más grandes, Planeta y Penguin Random House, aumentaron sus ventas entre un 15 a un 20 por ciento. Federico Ronchi, de SM, destaca que la editorial amplió el espacio del stand de 64 a casi 103 metros y que las ventas subieron un 20 por ciento. “La venta fue mejor de lo que se esperaba; vendimos un poco más, un 10 por ciento arriba en comparación con el año pasado”, subraya Ana Clara Azcurra Mariani del stand colectivo Los siete logos, que incluye a editoriales como Eterna Cadencia, Mardulce, Katz, Adriana Hidalgo, Caja Negra y Beatriz Viterbo, entre otras. “Vendimos un poco más, no tenemos el número exacto, pero sería cerca del 5 por ciento. Como el año pasado no fue un buen año, salimos un poco del bache, pero no es un aumento considerable ni vemos un repunte en general”, plantea Mariano Velo de Siglo XXI. Marcelo Poretti, de Eudeba, aclara que el balance de esta edición es “mejor de lo previsto” con un 5 a un 10 por cierto por arriba la venta de ejemplares, lo que significaría un 25 por ciento de aumento en la facturación en pesos “porque no aumentamos tanto los precios de los libros”.

Sin brotes verdes
“Hubo una baja bastante importante respecto al 2016. Nosotros no somos partícipes de andar haciendo ofertas, pero tuvimos que poner ofertas bastante considerables para poder levantar lo que estaba pasando en la Feria. Yo creo que cayó un 40 por ciento en ejemplares”, calcula Adrián Passarelli de Gedisa. Martín Rabinovich, de Un Lugar, editorial que comparte stand con Homo Sapiens, señala que vendieron menos en cantidad de ejemplares y un poco arriba en pesos, inflación mediante, en comparación con el año pasado. Cleopatra Caglieris, de Fondo de Cultura Económica, define a esta edición como “floja”. “Hay menos gente en la Feria y hemos vendido menos cantidad de ejemplares. En algún momento se iba a notar el aumento de los precios y la inflación que hay, porque la gente tiene que gastar sus ingresos en pagar los servicios y la comida”, explica Caglieris y añade que lo único que viene creciendo año a año es la venta de los libros infantiles y juveniles. Juan Manuel Pampín, de Corregidor, manifiesta que la caída de las ventas fue de un 10 por ciento en ejemplares. “El sector viene con una caída promedio del 25 por ciento. Una crisis es una oportunidad, si no dura mucho. Lo que estamos notando es que la crisis se está extendiendo en el tiempo y ‘los brotes verdes’ no llegaron nunca. Las espaldas para aguantar ya no son tantas cuando venís con un año de caída neta –explica Pampín–. Nuestros precios en dólares son espantosos y lo que se podría recuperar por exportación es imposible. Un libro a 250 pesos, por ejemplo, es 15 o 16 dólares. Un dólar en origen son tres dólares en destino mínimo. O sea que un libro de 15 dólares, sale 45 dólares, lo que es inaccesible. Nosotros venimos pidiendo el Exporta fácil, un sistema simplificado de exportación para pequeñas exportaciones de hasta 5000 dólares, que beneficiaría mucho al sector”.

La lectora atribulada se acerca a la editorial Prometeo de Raúl Carioli. “En ejemplares, pongamos que estamos un poco arriba”, ironiza. “En rentabilidad doscientos mil por ciento abajo –exagera– porque los precios de los libros aumentaron un promedio del 15 por ciento y el stand un 40 por ciento. El espacio nos costó 700 mil pesos, a eso sumale los empleados, más el costo de reposición de los libros vendidos y tenés que calcular de costo un millón cien. O sea que deberíamos estar vendiendo para empatar unos 60 mil pesos diarios de promedio. Esta cifra la vendés un sábado, el resto de la semana no hay manera”, se sincera Carioli.
–¿Prometeo logra pagar los gastos?

–¡Acá nadie logra pagar los gastos; todos mentimos! Esa es la verdad. Agarrá desde el año 83 y fijate año por año cuánto sumó cada uno respecto de la venta anterior: un 15 por ciento más, un 14 por ciento más y así sucesivamente… Cuando termines de sumar todo eso, estamos vendiendo un 500 por ciento más de libros que en el 83. ¡Viste la posverdad, esto es la posverdad! La posverdad es esa mentira que todos sabemos que es mentira, pero que todos queremos creer que es verdad. Una de las dos grandes editoriales tiene un millón doscientos mil pesos de gasto salarial, más dos millones de pesos de espacio físico, más 750 mil pesos de instalación de stand. Son casi cuatro millones de pesos, más el costo de reposición calculado al 40 por ciento, que es un millón y medio. El total son unos 6.000.000 millones; para empatar tiene que vender 300 mil pesos por día, que son unos 6000 mil libros diarios. ¡Es imposible! Es una gran mentira que sostenemos todos porque es el único momento del año en que el libro tiene espacio en los medios. Todos queremos creer que nos va bien, pero sería un absurdo suponer que con este gobierno, cuyo primer desaparecido fue la cultura, cuyo segundo desaparecido fue la educación, que desinvirtió en todo, a nosotros nos va bien. Los docentes todavía no cerraron su paritaria, las paritarias están atrasadas, el Conicet ajustó todo su presupuesto, la Conabip ajustó su presupuesto, todos los organismos de cultura y educación descentralizados están de ajuste, y a nosotros nos va bárbaro. La clase media está pariendo y al libro le va maravillosamente bien. ¡Esto es la posverdad!

jueves, 18 de mayo de 2017

¿Derechos de autor para los traductores?

Publicado el 28 de marzo de este año en la New York Review of Books, el siguiente artículo de Tim Parks (foto),  escritor y traductor británico –Moravia, Calvino, Calasso, Machiavelli y Leopardi, entre otros–, que aquí se ofrece en traducción de Julia Benseñor, trata sobre las razones por las cuales vale la pena discutir los derechos de autor para los traductores, tema de candente actualidad en todo el mundo.

La prescindencia del traductor

¿El traductor es realmente el coautor de un texto y, si es así, ¿tiene que recibir regalías como los autores?

Después de la presentación de un libro de mi autoría o, mejor dicho, mi traducción al alemán, en Berlín, fui a un bar donde estuve discutiendo esta cuestión con Ulrike Becker y Ruth Keen, dos traductores de larga trayectoria. No fue la naturaleza de la coautoría del traductor lo que disparó la charla sino el hecho de que muy pocos traductores llegan a recibir beneficios importantes por regalías, ni siquiera en Alemania, donde los editores están obligados por ley a pagarlos. En toda su larga carrera, Ruth sólo una vez recibió una suma suculenta de 10.000 euros cuando la venta de un libro que había traducido sobre la marcha de Napoleón sobre Moscú se disparó, contra todas las expectativas. Por su parte, Ulrike también recibió una sola vez un par de miles de euros cuando una novela literaria que tradujo logró ubicarse en la lista de best sellers. Fuera de estos casos, ambos venían recibiendo chauchas y palitos.

Y, ¿por qué ocurre esto?

Como en la mayoría de los países, a los traductores literarios alemanes se les paga en función de la extensión de la obra; normalmente se calcula, en promedio, entre US$20 y US$25 por  página. No es gran cosa. En Estados Unidos o Inglaterra se traduce mucho menos literatura y los honorarios varían notablemente. Pero si acaso se pagan regalías (no fue nunca mi caso en EE.UU.), el pago inicial basado en la extensión de la obra generalmente se considera un anticipo a cuenta de derechos de autor. Entonces, si un traductor recibe un anticipo de, por ejemplo, US$8.000 por un libro y se establece que el porcentaje de derechos de autor será el uno por ciento sobre el precio de tapa de un libro que se vende a US$20, sería necesario vender 40.000 ejemplares antes de que las regalías le aporten algún dinero extra al traductor. Y 40.000 ejemplares es un volumen de ventas absolutamente extraordinario.

Sin embargo, Ruth me explicó que la ley alemana se ha expedido de manera generosa en favor de los traductores: un reciente fallo judicial dictaminó que el pago inicial no debe ser considerado anticipo a cuenta de derechos. Pero lo que el fallo no hizo fue impedir que los editores fijaran un umbral —que ronda entre 5.000 y 8.000 ejemplares— por debajo del cual no estaban obligados a pagar derechos, además de que el porcentaje de derechos es apenas un 0,8 por ciento, o incluso 0,6 por ciento. Como en Alemania son pocos los libros que venden 5.000 ejemplares, el resultado es que los traductores no ven ni un euro por estos contratos que incluyen regalías.

De todos modos, recibir ocasionalmente algún dinero extra es indudablemente mejor que nada. Es lo que uno pensaría. Ulrike me contó, entonces, la historia de Karin Krieger, que se convirtió en la heroína de los traductores cuando, en 1999, demandó a la editorial Piperpor las regalías. Krieger había traducido tres novelas del escritor italiano Alessandro Baricco.Cuando las novelas empezaron a venderse bien, intentó contactarse con la editorial para que honraran la vaga cláusula contractual que le otorgaba una “justa proporción de las ganancias” (en esa época, no era obligatorio el pago de derechos de autor). La respuesta de la editorial fue tan inesperada como insólita: las hizo retraducir por otro traductor con un contrato más favorable para la editorial.

Después de litigar durante cinco años, Krieger finalmente ganó el caso y recibió el dinero que se le adeudaba, pero esta secuencia de hechos demuestra la diferencia básica que hay entre traductores y autores. Piper nunca habría intentado despojar a Baricco de sus regalías, ya que sin él no habría habido ni novela ni ventas. El autor no era reemplazable. En cambio, por muy exquisita que fuese la traducción de Krieger, el editor consideró que podía obtener el mismo resultado comercial con otro traductor. Esto no significa que el trabajo de traducción sea fácil. Todo lo contrario. Lo que quiere decir es sencillamente que muy rara vez requiere del talento de una única y determinada persona. Krieger no era “esencial”. Podía ser reemplazada.

A esta altura, vale recordar por qué se inventaron las regalías. Antes del siglo XVIII, los escritores le vendían sus obras a un imprentero por una suma alzada y el imprentero ganaba poco o mucho dependiendo de la cantidad de copias que lograba vender. Los escritores, al ver que los imprenteros (al menos algunos) se hacían ricos, quisieron un porcentaje de esa riqueza que ellos —y no cualquier otro—habían generado. Así fue como a principios del siglo XVIII surgió la primera acción en Gran Bretaña que reconocía a los escritores el derecho a lo que luego se daría en llamar “propiedad intelectual” —su obra— y que en virtud de ella les correspondía un porcentaje de los ingresos generados por cada copia vendida.

Podría argumentarse que, si bien este arreglo entre imprenteros y autores era “justo”, en absoluto implicaba que los ingresos de un escritor habrían de reflejar la calidad de su obra ni el tiempo dedicado; era lo justo en términos absolutos. Hoy un libro exitoso que se venda en todo el mundo—como los de Dan Brown, Stephenie Meyer—le reporta a su autor varios millones, mientras que un exquisito libro de poesía le dará apenas unos cientos. En todo caso podría decirse que las regalías son una invitación a que los escritores apunten a que su obra llegue a la mayor cantidad de lectores con capacidad para comprar un libro de bolsillo destinado al mercado masivo.

Habiendo dicho esto, el contenido de ese libro de bolsillo, cualquiera sea, es creación de su autor, quien tuvo que pasarse horas escribiendo mucho, sin saber qué saldría de ello, si acaso algún editor se interesaría en comprarlo o si, una vez que eso ocurriese, se lograría vender. En suma, el autor tiene que llenar un espacio vacío, crear algo donde antes no había nada. En cambio, al traductor, en la mayoría de los casos, se le encarga un trabajo. Puede ser un título de taquilla o un libro de poesía. De cualquier modo, el trabajo ya está ahí, oración tras oración. Por  muy difícil que pueda ser trasladarlo a la otra lengua, los traductores no tienen que empezar de cero y rara vez tienen la opción de elegir qué libro van a traducir, al menos no al inicio de sus carreras. Por cierto, en mi caso, la experiencia de disponerme todo el día a escribir no tiene nada que ver con la experiencia de pasar todo un día traduciendo.

Son dos las ideas que han dado lugar a la campaña por hacer extensivo a los traductores el pago de derechos de autor, que lleva décadas por cierto. La primera es de índole práctica: como los editores normalmente se han resistido a pagar tarifas que representen un ingreso digno, es decir, que se correspondan con su idoneidad profesional y las largas horas que los traductores dedican a la tarea, introducir en el contrato una cláusula sobre regalías asegura que, al menos cuando un libro traducido genera muchas ganancias, el traductor obtenga una porción de tales beneficios. La segunda es conceptual: cada traducción es diferente; cada traducción requiere cierto grado de creatividad; ergo, la traducción es “propiedad intelectual” y, como tal, debe considerarse autoría y recibir el mismo trato que los autores.

El problema con la primera de estas ideas es que, en la medida en que los ingresos de los traductores se basen en las regalías, dependerán enteramente de cómo los editores distribuyan las traducciones que encargan. Por ejemplo, supongamos el caso de dos traductores alemanes con las mismas aptitudes. A uno se le encarga traducir Cincuenta sombras, Parte V, y al otro, un libro de cuentos de un escritor neozelandés que publica por primera vez. Uno de los traductores hará una fortuna y el otro, probablemente recibirá una suma irrisoria. Por supuesto que lo mismo sucede con los autores, como ya dijimos. Si los autores reciben el diez por ciento por ejemplar vendido, E. L. James se volverá fabulosamente rico, mientras que al cuentista neozelandés, por excelente que sea, más le vale no renunciar a su empleo seguro. Sin embargo, las regalías no son un tema que divida las aguas entre los escritores por la simple razón de que más allá de lo que uno piense sobre la calidad de una obra como Cincuenta sombras, nadie niega que E. L. James fue quien tuvo la idea y se arriesgó a escribirla. Es su obra, refleja sus ideas, dejemos que reciba su diez por ciento, entonces.

No es lo mismo en el caso del traductor, para quien traducir Cincuenta sombras con un contrato que concede regalías equivale a recibir maná del cielo por una tarea que incluso hasta puede ser más fácil que traducir un libro cuya remuneración es mucho menor. Más aún, uno queda eximido de toda responsabilidad sobre semejante contenido. A esta altura cabe decir que la introducción de las regalías en los contratos amenaza con dividir a los traductores. Un traductor italiano me contó que, en una ocasión, todos los traductores de Dan Brown fueron convocados a viajar a Europa para recibir el flamante Inferno y conversar sobre ciertos problemas que planteaba su traducción. El traductor al francés andaba de excelente ánimo, ya que por entonces Francia, al igual que Alemania, obligaba a los editores a otorgar regalías. Otros no hacían más que pensar en que recibirían apenas unos pocos miles de dólares por traducir esas 600 páginas, independientemente de cuánto se vendiera su traducción.

El segundo argumento, el conceptual, es más interesante, aunque  no menos problemático. Que la traducción exige creatividad es un hecho irrefutable. Como traductor que soy, no es mi deseo socavar la dignidad de este oficio. Pero ¿esa creatividad equivale a “autoría”? Vean estas cuatro versiones al inglés de las primeras líneas de Memorias del subsuelo de Dostoievski:

I am a sick man…. I am a spiteful man. I am an unattractive man. I believe my liver is diseased. However, I know nothing at all about my disease, and do not know for certain what ails me. I don’t consult a doctor for it, and never have, though I have a respect for medicine and doctors. Besides, I am extremely superstitious, sufficiently so to respect medicine, anyway (I am well-educated enough not to be superstitious, but I am superstitious). No, I refuse to consult a doctor from spite. That you probably will not understand. Well, I understand it, though.
—Constance Garnett, 1918

I am a sick man…. I am an angry man. I am an unattractive man. I think there is something wrong with my liver. But I don’t understand the least thing about my illness, and I don’t know for certain what part of me is affected. I am not having any treatment for it, and never have had, although I have a great respect for medicine and for doctors. I am besides extremely superstitious, if only in having such respect for medicine. (I am well educated enough not to be superstitious, but superstitious I am.) No, I refuse treatment out of spite. That is something you will probably not understand.
Well, I understand it.
Jessie Coulson, 1972

I am a sick man…I’m a spiteful man. I’m an unattractive man. I think there is something wrong with my liver. But I cannot make head or tail of my illness and I’m not absolutely certain which part of me is sick. I’m not receiving any treatment, nor have I ever done, although I do respect medicine and doctors. Besides, I’m still extremely superstitious, if only in that I respect medicine. (I’m sufficiently well educated not to be superstitious, but I am.) No, it’s out of spite that I don’t want to be cured.
You’ll probably not see fit to understand this. But I do understand it. 
Jane Kentish, 1991

I am a sick man…I am a wicked man. An unattractive man. I think my liver hurts. However, I don’t know a fig about my sickness, and am not sure what it is that hurts me. I am not being treated and never have been, though I respect medicine and doctors. What’s more, I am also superstitious in the extreme; well, at least enough to respect medicine. (I’m sufficiently educated not to be superstitious, but I am.) No, sir, I refuse to be treated out of wickedness. Now, you will certainly not be so good as to understand this. Well, sir, but I understand it. 
—Richard Pevear and Larissa Volokhonsky, 1993

Uno podría trazar todo tipo de distinciones entre una y otra traducción. “Spiteful”, “angry”y “wicked” en el primer renglón sugieren tres características bien distintas, ¿cuál es la correcta o, al menos, la más próxima al original? ¿Por qué tres de las traducciones luego citan este mismo rasgo —“spite”, “wickedness” — como la razón por la que el narrador no ha buscado tratamiento para su enfermedad, mientras que la traducción que elige usar la palabra “anger”no lo hace? Sólo podemos suponer que el original usa la misma palabra dos veces, y que uno de  los traductores eligió no respetar esa repetición. Dos de las traducciones incluyen una expresión genérica como “know nothing at all” o “the least thing” sobre la enfermedad del narrador, mientras que otra emplea la expresión “cannot make head or tail”, que introduce una imagen que se arriesga a ser confundida con las partes anatómicas; por último, la traducción más reciente usa una expresión idiomática anticuada como es “don’t know a fig”.

Donde dos de las traducciones usan “Besides”, otra usa “What’s more” y la cuarta no ofrece ninguna opción. Una traducción apela al “sir”—dice, por ejemplo, “No, sir,” “Well, sir”—, mientras que las otras no; ¿es posible que tres traductores se decidieran a eliminar ese “sir” si estuviera ahí en el original? ¿Y por qué dos traductores le agregan ciertomatiz a esta oración al poner “you’ll probably not see fitto understand this,” “you will certainly not be so good as to understand this”—como si el acto de entender dependiera de la disposición y no del intelecto—, mientras que losotros dos traductores sólo dicen “you probably will not understand”?

No existen los límites a la hora de trazar sutiles distinciones entre una traducción y otra, de confrontarlas con el original o de valorar el contexto cultural de la lengua de llegada o su coherencia interna. Sin embargo, las cuatro traducciones se reconocen como el mismo texto. Más aún, en todas ellas se ven con toda potencia las principales estrategias de Dostoievski, sobre todo el placer del narrador por exhibir su perversidad, su hábito de calificar todo lo que dice en las formas más inesperadas, subestimar las ideas recibidas (¿es realmente una superstición respetar a los médicos?), comprometer, desafiar y burlarse del lector, etc. De hecho, cuantas más traducciones hay, más comprendemos hasta qué abrumadora medida el texto depende de la autoría única de Dostoievski. Entonces, ¿tiene sentido hablar de “coautoría” en el caso del traductor? ¿Por qué la traducción debe ser equiparada a lo que no es? Cabría argumentar, por supuesto, que como Dostoievski murió hace ya largo rato y su obra no está más sujeta a derechos de propiedad intelectual, los editores podían enfrentar el  pago de regalías porque no se las están pagando al autor. Pero ésa es una cuestión de naturaleza práctica y no conceptual. Cuatro traducciones de casi cualquier texto, ya sea antiguo o contemporáneo, arrojarán los mismos resultados.

Unos días después de nuestro encuentro en Berlín, Ruth Keenme envió por correo electrónico los resultados de un cuestionario sobre ingresos realizado por el sindicato de traductores alemanes. Respondieron 598 traductores y el informe incluía estadísticas por demás interesantes: por ejemplo, que casi el 60 por ciento de los títulos traducidos eran libros originalmente escritos en inglés que, aunque alrededor del 80 por ciento de las personas que traducen son mujeres, los hombres suelen ganar US$1,10 más por página; que el trabajo considerado difícil se pagaba muy poco más por página que el trabajo considerado fácil (esto a pesar de que el tiempo extra invertido en un texto difícil podría duplicarse o triplicarse, a veces incluso multiplicarse por diez). Pero lo más importante es que, después de toda una batería de estadísticas relacionadas con las regalías, el informe se lamentaba de que la baja venta de libros y el hecho de que el umbral a partir del cual se empiezan a pagar regalías esté fijado en un nivel tan alto lleva a que sea muy infrecuente que los traductores reciban beneficios por ese concepto.

¿Adónde nos llevan estas reflexiones cuando se trata del pago y del reconocimiento del traductor por la maravillosa tarea que realiza? Mi sensación es que el problema es más fácil de lo que suponemos; sin duda no sería imposible reunir al editor, al traductor y, digamos, a un experto en traducción de tal o cual idioma para definir juntos el nivel de exigencia que implica tal o cual texto, cuánto tiempo llevaría traducirlo y cuál sería el pago razonable para hacerlo. Quizás es hora de que los traductores y las asociaciones de traductores se centren en lograr esta clase de acuerdos, sin necesidad de empantanarse en este polémico asunto de la autoría y las regalías o derechos de autor.

miércoles, 17 de mayo de 2017

El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires recibe a Magdalena Iraizos, directora de CADRA

CADRA (Centro de Administración de Derechos Reprográficos) es una asociación sin fines de lucro que reúne autores, traductores y editores argentinos y extranjeros con el objetivo de proteger y defender sus derechos de propiedad intelectual. Junto a otras 79 organizaciones de derechos reprográficos de todo el mundo, CADRA forma parte de la Federación Internacional de Organizaciones de Derechos de Reproducción (IFRRO).

Para explicar su funcionamiento, Magdalena Iraizoz, directora de la institución, vino al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y nos comentó por qué vale la pena seguir defendiendo los derechos de autor.

La velada próximamente podrá ser visualizada aquí.


Magdalena Iraizoz es abogada egresada de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y ha participado de diversos cursos de especialización y capacitación profesional. Entre 2002 y 2006 presidió el Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires en representación del estamento de los abogados de la Ciudad, fue miembro del Jurado de Enjuiciamiento del Poder Judicial de la Ciudad de Buenos Aires y asesora de la presidencia de CONABIP (Comisión Nacional de las Bibliotecas Populares). Actualmente es miembro de la Comisión de Derecho de Autor de la Asociación de Abogados de Buenos Aires y expositora en foros internacionales vinculados a la materia como el foro de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.

martes, 16 de mayo de 2017

Algunas de las consecuencias de la transformación del autor en una marca

Nuevamente en el Trujamán (en la ocasión, del 5 de mayo pasado), Marietta Gargatagli, nuestra chica estrella, reflexiona sobre aquellos textos traducidos a muchas lenguas y lo que ello significa hoy en día. Vale decir, nos muestra palmariamente cómo la mayoría de lo que publican emporios como Penguin Random House y Planeta es pura basura, cómo los escritores declinaron cediéndole su lugar a las marcas, por qué los agentes literarios son unos charlatanes, cómo las librerías ya no importan y muchas otras cosas que afean nuestra vida, y todo en unas pocas líneas. En síntesis, caca. Eso sí: se vienen salvando la poesía y la dramaturgia. Por ahora.

Traducido a cincuenta lenguas

Hasta hace pocos años la traducción de una obra a muchos idiomas era signo inequívoco de calidad literaria. Sólo los grandes libros se multiplicaban en lenguas y versiones y esa circulación mundial era una de las definiciones de lo clásico. Entre las obras excepcionales estaba la Biblia, modelo verbal y poético de muchas lenguas, y los autores y libros que forman el canon de Occidente. A lo largo del tiempo, los traslados respetaron la jerarquía de la perfección, lo sublime, lo nuevo y lo irrepetible, porque sólo ciertas obras contenían esos valores y las repeticiones en muchos idiomas eran un indicio del deseo de compartirlos.

Al declinar el siglo xx, irrumpió otra forma de traducción mundial: la versión industrializada en cincuenta idiomas, un sistema fordista —tal como lo enunció Antonio Gramsci— de producción en cadena y donde los operarios perdieron la capacidad de elaborar libremente su producto. Un ejemplo: el secuestro en un búnker de once traductores de Infierno de Dan Brown1 para evitar que una obra insignificante pudiera ser conocida por el público antes de tiempo.

La conversión de los libros en objetos que pueden venderse entremezclados con infinitas bagatelas, en supermercados, kioscos, estaciones de servicio (que nunca se parecen a la de Clerks) fue paralela a otra metamorfosis: la transformación del autor en una marca.

El diseño de marcas en lugar de la fabricación de cosas (como describió lacerantemente Naomi Klein) produjo en la década de 1990 un cambio definitivo de los conceptos que definían la producción industrial. El razonamiento es simple: de las cosas se pueden ocupar otros —empresas tercerizadas o con marcas débiles, países pobres, migrantes ocultos en talleres clandestinos de cualquier ciudad—, de las marcas entienden las empresas de publicidad cuyos ingresos fueron creciendo exponencialmente desde entonces.

La sustitución de los autores por las marcas también llegó al mundo de los libros. José Manuel Lara, el fundador de Planeta, solía decir que era capaz de vender cualquier libro aunque tuviera las hojas en blanco. Tenía razón. Era capaz de hacerlo. Planeta, sin duda, fue la primera marca de la lengua castellana. Lo que vino después fue su multiplicación. Agentes, encargados de marketing, gerentes editoriales, medios periodísticos afines diseñan y defienden un producto que puede aplicarse a sujetos cambiantes. El autor se agota, la marca no. Hay autores Valentino, Hermès, Jimmy Choo, Manolo Blahnik, Karl Lagerfeld o Inditex.

Uno de los sellos de calidad de las marcas posindustriales es la traducción: un libro del que no se pueda decir «traducido a cincuenta lenguas» no vale nada en el mercado mundial. Corona el éxito la traducción al inglés, dificilísima; lo corroboran otras lenguas europeas: francés, italiano, alemán, sueco, danés, polaco; lo completan con su aire de sofisticación y lejanía el japonés, el coreano, el ruso. Las demás lenguas del mundo también son importantes. Sobre todo, por su número: hay que sumar treinta, cuarenta o cincuenta.

No resulta imposible: las subvenciones, las marca-país, los agentes y las ferias ponen en circulación libros asombrosos porque son lo contrario de lo irrepetible y la negación misma de lo sublime. Parodiando a Klein, las marcas no patrocinan la literatura, aspiran a ser la literatura.

Perseguido por cientos de novelas mediocres, el lector termina por creer que ese libro que lee, mal escrito, plagiado, lleno de tópicos y aburridísimo, es una novela. Y llega a esa conclusión porque la faja explica las ediciones y traducciones, y porque leyó y vio reportajes ilustrados con los rostros de los autores o autoras confesando las más inconsistentes y tristes certidumbres como remake paródico de los verdaderos diálogos literarios.

La poesía y la dramaturgia parecen desconocer las marcas, y el ensayo literario, en general, también. Tampoco dependen de esta sustitución la narrativa clásica que se reedita y los cuentos, incluso modernos, porque no son rentables. Más allá están los búnkeres convertidos en prisiones para traductores y los ejércitos de lectores que merodean entre las ruinas. No son los mismos y no pueden saber que el Hermès de este año es exactamente igual a la Coco Chanel del año pasado.


lunes, 15 de mayo de 2017

"Cuando nunca se traduce bien, siempre se traduce amargamente mal"

Pocas dudas quedan de que Andrés Ehrenhaus está bastante loco. Bastaría considerar la foto con ictericia que la editorial Malpaso utiliza para promocionar su último libro español. Sin embargo los locos a veces tienen razón. Por eso, como modesto homenaje a su locura, subimos esta entrada, previamente publicada en El Trujamán, el 9 de mayo pasado.

El bueno, el malo y el ¾

Lo que voy a decir quizás no sea del agrado de todos, así que quienes no quieran oírlo pueden dejar de escuchar ahora mismo.

Traducir es cometer un daño, seguramente irreparable.

Conozco traductores buenos pero ninguna buena traducción.

Conozco traductores malos, y sus traducciones no son mucho peores que las de los buenos.

La diferencia entre un buen traductor y un mal traductor no radica, pues, en la maldad de su labor sino en la melancolía con que uno y otro la sobrellevan. El buen traductor sospecha de sí mismo; el mal traductor no sospecha jamás. ¿Por qué? Porque no sabe hacia dónde debe orientar la sospecha. Cree que el problema, el síntoma, está en su trabajo, en su traducción, cuando no está ahí: las traducciones son todas malas, a veces incluso horribles.

El problema está en tratar de simular que eso no es así, que uno traduce bien, que el problema es o está en el Otro, en el lector, en el crítico, en el editor, en otros traductores, incluso en el autor. Cuando el síntoma está, justamente, en la incapacidad (la falta de voluntad) para verlo. U oírlo.

Porque otra diferencia crucial (y muy sutil) entre un buen y un mal traductor es el oído de uno y otro. El buen traductor oye su error antes de verlo. El mal traductor, si no lo ve, no lo percibe. Jamás esperará oírlo. Para el mal traductor, el oído es un incordio. Es el enemigo inconsciente. Es el vehículo del miedo.

El mal traductor preferiría ser sordo, y que el Otro también lo fuera.

El buen traductor es bueno y malo a la vez, no se conforma con la duda cartesiana, no conoce el sosiego, no sabría cómo llegar donde llega y sin embargo tampoco sabría no llegar allí mismo, porque llega sin quererlo o bien queriendo no llegar. El mal traductor necesita llegar siempre, solo se calma llegando, llega en busca de calma porque cree que esa calma es la garantía de que ha traducido bien… ¡¡cuando nunca se traduce bien, siempre se traduce amargamente mal!!

El mal traductor busca el halago; el buen traductor lo teme.

El mal traductor nace; el buen traductor se hace.

Etc.

Por lo general, el buen traductor y el mal traductor coinciden en el mismo envase: son, para entendernos, una misma persona fiscal. Puesto que el bueno es, como dijimos antes, bueno y malo a la vez y el malo es malo y malo, incluso los más mejores de los buenos traductores suelen ser un cuarto buenos y tres cuartas partes malos. De ahí la melancolía. Y los desastres de la guerra.

Qué se le va a hacer.